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lunes, 2 de enero de 2012

Las palabras de la crisis

Con la crisis económica las palabras que utilizamos en nuestro registro coloquial, es decir, lo que hablamos todos los días y en las situaciones más cotidianas, están cambiando a gran velocidad. Algunas las hemos convertido en palabra tabú por vergüenza torera, por ejemplo ‘solvencia’ pues aunque se tenga, quién es el osado que en una reunión se atreve a jactarse de que las cosas le van muy bien y que es ‘superfeliz’ con la que está cayendo para la gran mayoría. Y no digamos la palabra ‘hipoteca’ que ha tocado techo en su ya poca agraciada fama. Banquero, que no bancario, fue un vocablo en algún tiempo digno de admiración para algunos jóvenes, ahora se ha convertido en innombrable. Pero esto ya es muy antiguo, pues mi padre que trabajó 40 años en un gran banco de esos que siempre tienen grandes beneficios, decía que el banco te daba paraguas cuando hacia sol y te lo quitaba cuando llovía. 

El no llegar a fin de mes se ha convertido en algo tan frecuente que ya no nos da vergüenza, y hasta podemos hacer una declaración pública. Otra frase de todos los días era esa de ‘salir de copas’, que con gran ligereza salía de nuestros labios los viernes, sábados y alguna que otra fiesta de guardar, pero ahora se ha convertido ‘en tu casa o en la mía’, como ven el significado es distinto.

La política, que en un tiempo no muy lejano era el arte de hacer felices a los pueblos, y sus políticos son ya sustantivos tan degenerados que sólo poseen adjetivos negativos y peyorativos, y lo peor de todo es que casi nadie cree en ellos. El estado del bienestar social, qué poco nos ha durado, lo pongo con minúsculas, se llama así al conjunto de factores que participan en la calidad de vida de la persona y que hacen que su existencia posea todos aquellos elementos que den lugar a la tranquilidad y satisfacción humana. Otro término que ya no está de moda, sin embargo ha sido sustituido por otras frases como la de ‘apretarse el cinturón’ o la de ‘ahorrador’, claro que uno ahorra cuando le sobra algo, aunque sea un poquito. Que se lo pregunten a los funcionarios y no funcionarios con su sueldo menguado y sus recibos crecidos. 

La palabra tristemente y hasta dramáticamente en boga es el temible ‘Paro’, y aquí, señoras y señores, uno ya no sabe qué decir ante millones de personas que viven situaciones penosas, angustiosas y con falta de esperanza. 

El ocio, el viaje de placer o el crucero, aunque lo pagues en cómodos plazos, están desapareciendo de nuestro vocabulario público, y si se dicen estas palabras las decimos en voz baja. Pero lo peor de todo son aquellas que afectan a nuestro ánimo más interno, pues he oído a más de un pequeño o mediano empresario que se sienten ‘impotentes’, ‘rabiosos’ y ‘desvalidos’. Imagínense cómo se sentirá el currito con el miedo en el cuerpo ante el ‘despido’, otro vocablo más frecuente de lo deseado. 

No puedo terminar este artículo sin la palabra estrella, la más pronunciada desde hace unos años, y esa va con determinante y todo ‘la crisis’, que nos llega del griego y significa separar o decidir. Crisis es algo que se rompe y porque se rompe hay que analizarlo. La crisis nos obliga a pensar, por tanto produce análisis y reflexión, pero muchas veces el miedo ante la incertidumbre nos paraliza. Pensemos, reflexionemos y actuemos porque si no lo hacemos, lo harán por nosotros, y puede ser hasta peor.

Mientras escribía estas líneas, me he fumado un cigarrillo en mi casa, pues en los bares ya libres de humo, que han perdido la alegría y perderán puestos de trabajo, huele  un poco más a fritanga y humanidad. 

Educare

Es un derecho humano y un bien social irrenunciable que forma parte de nuestro patrimonio común. El derecho a la educación es el garante de las libertades cívicas y de la igualdad real de oportunidades, uno de los verdaderos cimientos de la democracia. Es ese proceso multidireccional mediante el cual se transmiten conocimientos, valores, costumbres y formas de actuar. Así a través de la educación, las nuevas generaciones asimilan y aprenden los conocimientos, normas de conducta, modos de ser y formas de ver el mundo de las generaciones anteriores, creando además otros nuevos. Es compartir con los jóvenes de nuestra sociedad las ideas, cultura y conocimientos. La labor del buen educador es ardua, complicada y llena de vocación, o si lo prefieren de pasión. Aristóteles nos dejó escrito que: “La educación consiste en dirigir los sentimientos de placer y dolor hacia el orden ético”. La maravillosa complejidad de este noble oficio está en que nuestro material de trabajo son seres humanos, comenzando su camino hacia la vida adulta y madura. Todos los recursos humanos y materiales puestos a su servicio son siempre escasos. Hay que ser miope y cicatero, o político para ser capaz de recortar los medios en este ámbito crucial de nuestras vidas. Luego, en campaña electoral, se les llena la boca con las promesas sobre una educación más que digna para sus futuros votantes. Quizás no les convenga por miedo, un pueblo educado, crítico y pensante. Tanto el griego con su pedagogo como el latín con su educare comparten el significado de educación. El educador es el que guía o conduce a su educando. En definitiva, dar al que aprende los medios de abrirse al mundo, encauzarlo al pleno desarrollo de sus posibilidades. Platón, hace más de 20 siglos, habló de las tres funciones de la educación: ‘La formación del ciudadano, la formación del hombre virtuoso y la preparación para una profesión’. Todo esto se nos olvida y lo reducimos a dinero, el futuro de nuestro país lo dejamos en manos de un sistema financiero, eufemismo que abarca a oscuros especuladores capaces de hundir por avaricia a naciones enteras. Políticos incapaces de enfrentarse a estos vampiros porque quizá se saltaron la segunda función de la educación de la que hablaba Platón. Es una verdadera lástima que su cortedad la empleen para recortar o restringir medios a las actividades más ‘sagradas’ del ser humano y para el ser humano como son la sanidad y la educación. No soy médico ni enfermero, pero sí paciente, y me parecen lamentables las humillaciones y recortes dirigidos a este colectivo vital y también vocacional. Ya no solo se hunde el estado del bienestar, se están cargando las necesidades más básicas y necesarias. Hasta hace muy poco todos hablaban de la calidad en la enseñanza, los de un lado y los del otro, ahora unos callan por conveniencia y otros meten el cuezo hasta el fondo con intervenciones más que inconvenientes. Los que hoy nos dirigen o pretenden dirigirnos también fueron educados, pero sin duda, faltaron muchísimo a clase. Clemente Barahona Cordero. Profesor y escritor.

La avaricia rompe...

Los bancos obtienen beneficios siempre y además lo publican a los cuatro vientos, y con una desfachatez que roza lo obsceno. Si estas ganancias han sido menos de lo esperado, para enmendar esta contrariedad está el dinero de todos. A los ricos no se les debe contrariar. Hace mucho tiempo que hemos desterrado de nuestro vocabulario la palabra avaricia, ahora llamamos a esta forma cicatera de estar en el mundo, egoísmo. Siempre ha habido gente que ha defendido esta actitud, diciendo que la caridad empieza por uno mismo. Parece que han leído a Pablo de Tarso, pero no han comprendido lo que quería decir, simplemente les venía bien para justificar tanta mezquindad. Del latín ‘avaritia’, es una palabra derivada de avaro, del avarus latino, en la primera mitad del siglo XIII aparece escrita en castellano. La RAE define este vocablo como el afán desordenado de poseer y adquirir riquezas para atesorarlas. Creerán, pobrecitos, que se las van a llevar a la otra vida. ¿Se han fijado ustedes en la cara de tristeza de muchos ricos en dinero? Quizás esta frase sea la causa de su amargura: ‘Quien más tiene, más quiere’. Iguala al pobre y al rico que su dinero dos veces anda el camino por motivos muy distintos. Al avariento le cuesta tanto desprenderse de sus dineros, que ha de mirar los precios, regatear y… Otra cosa muy distinta es lo que decía mi abuela Áurea de los escasos posibles del pobre, que siempre iba dos veces a la tienda, pues calidad y bajo precio nunca vivieron idilio alguno. La sabiduría popular nos dejó dicho que al avaro y al puerco, después de muertos. Una sentencia que a simple vista parece un tanto drástica y apocalíptica, pero muy certera; pues el cerdo se vuelve provechoso para los demás después de su sacrificio, lo mismo ocurre con el avaro, solo después de muerto alguien se beneficiará de lo que aquí dejó. Al final tienen un rasgo de generosidad aunque sea totalmente forzoso. Tal vez nunca leyeron a Juvenal que nos dejó escrito que es una gran locura la de vivir pobre para morir rico. Antes, es decir, hasta hace muy poco tiempo, deber dinero solo al banco era un toque de cierto prestigio, lo lógico y normal. Ahora, uno casi prefiere ser hipertenso y diabético que soportar al director de turno, llamándote todos los meses por teléfono, y ese mensaje previo de póngase en contacto con su sucursal por  una situación irregular en sus posiciones. Eso sí, por favor y con la suficiente ficticia amabilidad, te preguntan a qué se debe ese retraso, ironía no les falta en esa retórica pregunta. Nadie sabe a ciencia cierta dónde se encuentra y quién es realmente ese ente que llamamos el ‘Sistema Financiero’, es como el dios de otros tiempos, invisible, omnipotente y que estaba en las alturas. Los bancos son sus discípulos aventajados, e incluso excelentes que superan sus controles con nota. Y por debajo de ellos, el común de los mortales, millones en el paro, otros con sueldos recortados, muchos con contratos más que precarios, y los demás malviviendo. Creo que ese idealista llamado Mahatma Gandhi tenía razón cuando decía que en la tierra hay suficiente para satisfacer las necesidades de todos, pero no tanto como para satisfacer la avaricia de algunos pocos. Cuando nuestros biznietos estudien la Geografía Económica de este siglo XXI, se quedarán alucinados y perplejos. Será una asignatura hueso. Hoy en plena crisis, hay miedo, por eso no se le ocurra pedir dinero, ni tan siquiera un aval a su mejor amigo. Ya sabe ese dicho tan antiguo que reza: ‘Bien me quieres, bien te quiero, pero no me toques el dinero’. Clemente Barahona Cordero. Profesor y escritor.

Me importa un pepino

Me importa un pepino, un pimiento, un rábano o un comino. Todas estas expresiones coloquiales, frases ya hechas que significan indiferencia total que llega hasta la nada, y que seguro que las hemos dicho más de una vez y de cien, están en nuestra lengua perfectamente ensambladas, es decir, en nuestro pensamiento que, como diría don Miguel de Unamuno, es lo mismo. No obstante, ahora tendremos cuidado al menos con el pepino, sí el que introdujeron en España los romanos, y el mismo que llevamos nosotros a América, no muy bien tratado metafóricamente en castellano, pero vilipendiado, criminalizado y calumniado en alemán. Los pepinos importan, a algunos nos ‘repiten’, pero los seguimos comiendo, y se exportan o se exportaban bastante bien hasta que una tal frau Merkel, que últimamente se entromete en nuestras vidas como esa vecina cotilla, millonaria y un poco envidiosa porque quizás no logre entender que la pobreza no está reñida con la alegría y el vinillo con los amigos, echó la culpa al pepino de transmitir esa bacteria o cepa E-Coli asesina. Si esta señora y su gobierno actúan del mismo modo cada vez que nos exigen reformas y más reformas por razones económicas, vamos apañados. A un servidor se le ha caído el mito alemán, tan trabajadores, rigurosos, cuadriculados y serios. Y para colmo se nos llevan a los cerebritos españoles. Para tener amigos así, prefiero los enemigos que vienen y atacan de cara. Todo porque piensan que somos vagos, indolentes y derrochadores. Les costó pedir disculpas, y ayer Bruselas nos regatea, como si esto fuera un zoco, nos ofrece 150 millones de euros para resarcir a los agricultores españoles de sus cuantiosas pérdidas. Hoy la cantidad ha subido a 210 millones, mañana, Dios dirá. Vamos, el comisario de Agricultura Dacian Ciolos, que además amplía de tres a cinco las listas de hortalizas cubiertas por estas ayudas comunitarias. Los calabacines y pimientos se suman a los tomates, lechugas y el damnificado pepino. Como el rábano y el comino (planta herbácea y especia de sabor amargo y olor fuerte y dulzón)  no están en la lista, podremos seguir diciendo a esta señora alemana que nos importa un rábano o un comino lo que ella diga. El comisario de Sanidad de la UE  John Dalli ha pedido a Alemania que no lance nuevas alertas sobre el origen de esta mortal intoxicación, mientras no tengan pruebas científicas. Se me ocurren dos dichos populares muy certeros, el primero dice que al perro flaco, todo son pulgas, y el segundo que les den por donde amargan los pepinos. Como soy un españolito educado no se lo voy a decir a la señora Merkel, pero no por respeto a ella, sino por respeto al pepino. Clemente Barahona Cordero. Profesor y escritor